9 años de cuentos. Así vivimos Palabras al Vuelo 2021

 

Vienen y van, las palabras. Pero muchas de ellas anidan en los corazones y se quedan para siempre. Sobre todo, si en su bailoteo alado han construido historias como casas de ayuda oficial, o como páginas de libros antiguos, o como espíritus que juegan al escondite, o como vestigios de la memoria de otros, que acaba siendo la nuestra.

Aterrizó el Festival Palabras al vuelo en Lanzarote, en su novena edición, con su cargamento de pequeñas dificultades pandémicas, fácilmente sorteadas, hay que decirlo, por quienes cada año ponen el alma para que los cuentos conquisten la geografía insular, con la Temprano en cabeza de reparto; y también por un público generoso: los más, repetidores fieles, los menos, descubridores entusiastas de la magia de la narración oral, última hornada de pregoneros de sus maravillas, de ahora en adelante.

El alumnado de la escuela Pancho Lasso volvió a ser privilegiado receptor de la primera de las propuestas del encuentro, Cómo hacerte la vida difícil: Mitos y realidades de la profesión creativa, una charla abierta con la ilustradora y narradora visual Sara Herranz, quien en menos que canta un gallo se hizo con la atención del respetable. No es para menos, si se tiene a tiro de índice estirado y pregunta a quemarropa a la tinerfeña que ha transmutado emociones universales como el amor, el desengaño o la voluntad en trazos blanquinegros desgarrados y minimalistas. Y para muestra, un cartel: el que anuncia el IX Festival del Cuento Contado de Lanzarote, que es femenino, nace de entre las grietas de la rugosa piel insularia y se mece al ritmo que le dictan los alisios.

 

¿Alisios, dije? ¡Eureka! Imposible hablar de palabras que vuelan sin recordar que el tapiz narrativo discurre por un corredor geográfico, igual que el jable dibuja una lengua de arena en su particular paseo entre Famara y Guacimeta, viajeros ambos, cuentos y dunas, sobre un viento ora apacible, ora tempestuoso.

El camino de las historias comienza en San Bartolomé, en un teatro de butacas de terciopelo, telón y foco cenital sobre el escenario.

En el centro mismo del redondel de luz, Félix Albo, muy mediterráneo él, surca meandros emocionales, da lecciones de botánica y dirige la nave de sus Pespuntes con mano firme. Aunque puestos a figurarle oficios, le imaginamos director de un concierto de carcajadas: le basta la palabra para llevar la sinfonía de latidos y risas del lento moderato al andante, y de ahí al allegro vivace, al prestissimo… Y de pronto, el fraseo se torna grave y hay gargantas que tragan saliva y dorsos de manos que enjugan una lágrima. El contador de Alicante no requiere de más batuta para meterse al público al bolsillo que una historia hecha de personajes incorpóreos pero ataviados de sentimientos y afectos reales.

 

En Haría, el alisio ha hecho su segunda parada, para depositar palabras y personas en su coqueto teatro local, cariñoso y cálido como un regazo. Allí la magia corre a cargo de Elena Castillo, que despacha mito y realidad a partes iguales, que combina la ficción con la experiencia con tal arte que, tal vez, sus titubeantes pasos infantiles sean recreados, mientras que las historias de espíritus se elevan con la verosimilitud de la propia vida. Al cabo, nos apercibimos de que quimera y existencia terrenal son cuentas engarzadas en un mismo collar, que la narradora ha denominado De aquí a la eternidad. Y por ello, ¡brindamos!

 

Una jornada más y los ventorales lanzaroteños, agitadores de melenas y propulsores de aulagas, han llevado los cuentos en volandas hasta un rincón de La Geria, entre malpaíses blanqueados de liquen, tuneras y volcanes. En su viaje han arrastrado a su compañera del alma, la música, pues igual que sustantivos, verbos y preposiciones son los ladrillos del relato, arpegios, rasgueos y notas construyen crónicas inolvidables. Como las historias de Momi Ogalla y las melodías de Rober Vega y Juan Escobar, desgranadas ante una higuera que guarda aún una lluvia de hojillas verdes en su otoñal ramaje retorcido.

El gaditano se ha traído, de sus pasos por el mundo, una mochila de palabras que solo entiende el público iniciado, o el que habla caló, o el que ha viajado al Perú, o el que ha transitado la infancia y mantiene frescas las lecciones escolares, los consejos maternos y los miedos de la niñez. Y así, entre Idas y vueltas, sones y bulerías, olor a rastrojo quemado, risas y aplausos, el gato Saavedra, el ratón Pérez y el maestro Paco de Lucía nos llevan al final de la mañana.

 

No hay lamento en la despedida: la tarde abrirá sus fauces volcánicas y en el fondo de la garganta de piedra volverán las narraciones a enseñorearse de nuestras ávidas imaginaciones. Es Planeta cuento, la joya de la corona de Palabras al vuelo, al decir de quienes siguen su estela desde hace casi una década; y se despliega y se estira y toca con la punta de los dedos las rugosas paredes de la Cueva de los Verdes.

El pequeño auditorio instalado en un ensanche del túnel de la Atlántida, sabiamente iluminado para reforzar su naturaleza cavernaria, transforma el espectáculo en un privilegio para espíritus sensibles, que huelen la gota de agua filtrada por la roca y sienten palpitante la memoria de las familias ocultas de los ataques piratas.

Ayoze Rodríguez, al piano, acompaña a Eleonora Mercatali, que se hace hoja mecida por el viento ¡más viento!, o quizás es palabra al vuelo o santo al cielo o imaginación desbordada y chorreante. Es, eso seguro, el prólogo perfecto para adentrarnos en los universos creativos de Victoria Siedlecki, Elena Castillo, Momi Ogalla y Félix Albo, reunidos en exclusiva para deleite de la afición cuentista.

Y si por separado ya han concitado el aplauso general, la risa desatada, la lágrima en el ojo y los pelos como escarpias, reunidos en desfile de artistas impactan sobre las sensibilidades con guante de seda y con puño de hierro; y quienes han acudido a la llamada del Festival contienen la respiración, explotan en carcajadas, escarban en sus recuerdos, imaginan peliculeros, se sonrojan, aprietan la mano de su pareja… Son relatos de horizontes tras horizontes, de espíritus traviesos, de todos los colores que caben en el lomo de una lagartija, de victorias tristes sobre dolores viejos, que remueven por dentro, que dejan poso, que imprimen huella.

 

Palabras al vuelo se despide viento en popa a toda vela, dominical y marinero, a bordo de un catamarán que surca el océano al ritmo de la música de Boris Blace y DuShanBey. Serán tres horas de navegación soleada y apacible, solo alterada (muy alterada) por los Relatos eróticos y la fogosidad rojo fiesta de Victoria Siedlecki, cuyo verbo siseante y cadencioso vierte historias de dos rombos. De Benedetti a Borges, de las Mil y una noches a Los puentes de Madison, la argentina enhebra instantes de pasión y de risa con un indudable aroma literario.

 

De regreso, antes de que la capitana Cristina Temprano nos despida a pie de pasarela hasta el año que viene, dos parapentes ejecutan un cortejo aéreo entre el mar y el cielo, rasgando el firmamento como aves enamoradas. Hasta ellos han llegado, claro está, suspiros, gestos, miradas y palabras al vuelo.

Myriam Ybot, diciembre 2021

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